Diciembre – Eugenio Montejo

Nido Solitario

Aunque diciembre nos cubra de pesebres
todas las casas,
ninguno muestra tantas cosas de Dios
como un nido de pájaros.
Basta mirar cualquiera a la intemperie:
en su interior José y María,
con diminutos cuerpos
resultan siempre más reales,
y en el silencio se entregan a velar
mientras las ramas mecen compasivas
el huevo que guarda los cantos.
No hay buey ni mula sino estrellas,
ni corderos que pasten en las nubes;
tan solo esa inocente desnudez
que junto con su amor se balancea
al ritmo de los astros.
Nunca sabrán qué es Navidad
ni por qué los hombres dividen el tiempo
si al fin todas las horas son iguales.
En vela noche y día,
aguardan que la fuerza que expande la raíz,
la que muda las hojas y mueve los planetas,
ascienda por el árbol hasta el nido
y rompa la cáscara.

 

Más información: Eugenio Montejo.

Hanal Pixan: Mirando de cerca la muerte

Hanal Pixan 07

La conmemoración de los Fieles Difuntos o Hanal Pixan (“comida de animas”) posee un significado más grande que, según Hilaria Maas Collí, no consiste solo en colocar la comida en la mesa, sino que requiere de una preparación de varios días: limpiar los patios y la casa, preparar los manteles, recordar los guisos preferidos de los parientes difuntos, lavar toda la ropa sucia para no dejar trabajo a las almas, en fin, se espera la llegada con cariño.

Se habla del alma como una persona viva, se recuerdan sus consejos, sus enseñanzas, su bondad o su maldad porque según como vivió en la tierra, así será recordado. La actitud es semejante a la espera de un pariente que vive lejos.

Las familias suelen comentar cómo fueron sus difuntos en vida y no los condenan, al contrario, piden que Dios se compadezca de sus almas y rezan más por ellos. Aunque en vida pudo haber hecho sufrir a los familiares, estos esperan con cariño la llegada del Hanal Pixan para recibir con afecto y generosidad la visita del alma deseando que goce de felicidad.

Las familias preparan su altar por convicción personal, por afecto a alguien que esperan para convivir durante el Hanal Pixan. El alma regresa a visitar a sus familiares: sería una pena para él llegar al hogar sin ser esperado, encontrar la casa sucia y sin nada de alimento preparado, eso significaría un olvido total de los familiares.

Existen narraciones que se contaban acerca de ese olvido. Por ejemplo, dicen que en un pueblo existía un hombre que no creía en el regreso de las almas y no preparaba nada para ellas. Llegó el día del Hanal Pixan y no compró ni pan ni chocolate para no convidar a las almas de sus familiares muertos. Pero al amanecer del dia 31 de octubre, entre sueños oía murmullos en la cocina, el ruido del batidor y salió para ver quienes conversaban en la cocina, el susto que se llevó fue grande, vio la cocina llena de personas vestidas de blanco desayunando. Entonces comprendió que las almas de sus familiares habían regresado a su hogar, pero nadie los convidó al desayuno, ni fueron esperados por nadie. Ellos solos habían preparado su desayuno para enseñar al familiar vivo que volvieron para convivir con él, aunque éste no se acordó. El señor tacaño contó a sus hijos lo que vio y prometió esperar el alma de sus parientes para el Hanal Pixan y ser generoso con ellos, pero no pudo cumplir con su promesa porque murió ese mes de noviembre. Como castigo de las almas hacia él, tuvo que cargar las ofrendas y velas que recibieron de regalo las almas durante el Hanal Pixan. Se cree que el alma de las personas que mueren durante el mes de noviembre no dejan pronto este mundo, ellas tendrán que cargar las ofrendas que recibieron todo los difuntos durante la conmemoración de los fieles difuntos. Por eso, se recomienda esperar con cariño a las almas para convivir con ellos, debe ser un encuentro familiar entre vivos y muertos

Al llegar el 1 de noviembre, a temprana hora, se ofrenda el desayuno, se colocan las jicaras grandes de chocolate, “pan bueno” de mantequilla, batido u hojaldrado. A las 8 de la mañana, en casí todos los hogares, las mujeres comienzan a preparar los mucbilpollos. Al mediodía cuando se sacan los pibes del horno (de estufa o enterrados), se acostumbra hacer la ofrenda del Hanal Pixan en la mesa y además de poner zaramullos, toronjas y demás frutas de la época, así como los dulces y el xek (de mandarina, china o naranja dulce, jícama, con sal y limón).

Hanal Pixan 06

Según la tradición, después de colocar las ofrendas, las familias acostumbran encender las velas y las resinas aromáticas (incienso, estoraque) y rezar oraciones, generalmente rosarios, siguiendo la conducción de una rezadora o rezadero expertos llamados para la ocasión. Entre los rezos se debe mencionar los nombres de los difuntos.

Al termino de cada rezo, una vez que las almas ya han degustado los alimentos, se reparte pan entre los asistentes. De esta forma, tras la exposición de los guisos y viandas ofrendados, estos ya pueden ser consumidos por los ofrendantes o parientes vivos -según afirma Catalina Rodríguez- después de pronunciar las siguientes palabras: “Ayer los muertos tomaron la gracia y ahora los vivos comeremos la grasa”, en alusión a la creencia de que los finados se han llevado el alimento y dejaron lo que solo llena, sin nutrir.

El Ochovario o Bix

Si el 2 de noviembre es una visita obligada al “santo cementerio” para arreglar las tumbas, a la semana siguiente se hace el bix u ochovario, que es una costumbre un poco menos usual (muy difundida en el interior del estado de Yucatán y áreas de la zona maya del la península), pero que en los casos en que se realiza se celebra con la misma solemnidad que el Día de Muertos. Durante los días siguientes al Hanal Pixan se continua rezando frente al altar y se sigue depositando ofrendas, ya que se cree que las almas de los difuntos permanecen con sus familiares esos días.

Recuperado de:

El hanal pixan: encuentro amoroso entre vivos y muertos

Hanal Pixan. Colección Monotemáticos. Editorial Dante S.A. de C.V. Marzo 2013

Juegos Yucatecos: La Kimbomba

Kimbomba2

En Yucatán existen numerosos juegos que practican tanto los niños de la ciudad como del campo, y también aquellos que realizan los adultos. Entre los juegos tradicionales de los niños sobresale la Kimbomba o Timbomba.

Juguete hecho de madera, que consta de dos piezas: un palo de aproximadamente 20 cm de largo y lo que se denomina propiamente como la kimbomba o timbomba, que es un pedazo de madera más pequeño de forma oval. Los pasos de este juego van encaminados a obtener el mayor número de puntos bateando la pieza menor del juguete con el palo de mayor tamaño, desde un cuadro que se pinta en el suelo y al cual le llaman “casa”.

Kimbomba

La forma de jugarlo varía, pero por lo general las reglas de la Kimbomba imitan de algún modo a las del beisbol. Este juego puede jugarse por dos personas o más. Para batear la Kimbomba se le pega en un extremo y cuando está en el aire se le golpea para alejarla lo mas que se pueda, mientras el otro jugador trata de atraparla antes de que caiga al suelo, si lo logra obtendrá tres “auts” (out), pero si no lo consigue recoge y tira la Kimbomba en la dirección del cuadro para tratar de pegarle al palito de 20 cm que se deja ahí despues de batear, si le da, hará un aut (out), si no le atina, el bateador hace un cálculo del número de palos que puedan caber entre la casa y el lugar hasta donde la Kimbomba fue lanzada, si el cálculo se sobrepasa, automáticamente se genera un aut (out); si no, el número de palitos contados hasta llegar al juguete, serán los puntos a favor del bateador. También se puede hacer doble aut cuando el jugador contrincante tira la kimbomba bateada hacia el cuadro o casa y ésta queda montada encima del palito o la recibe al primer brinco. Para que el receptor pase a batear deberá de hacer tres auts en cualquiera de las tres formas mencionadas. El juego es ganado por quien alcanza la puntuación acordada antes de iniciar al partido.

Para consultar:

Amaro Gamboa, Jesús. Hibridismos en el Habla del Yucateco. Ediciones de la UADY. 1984

Amaro Gamboa, Jesús.Vocabulario del Uayeismo en la Cultura de Yucatán. Ediciones de la UADY. 1984

Amaro Gamboa, Jesús. El Uayeismo en la Cultura de Yucatán. Ediciones de la UADY. 1984

Otoño – Octavio Paz

Otoño2

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros…

Y algo que no se sabe y dice «nunca»
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.

Recuperado de: Poemas de Octavio Paz http://www.poemas-del-alma.com/otono.htm#ixzz4McZamDnr

La Esquina de la Tucha – Julio Amer

La tucha

La esquina de “La Tucha”, en el cruzamiento de las calles 57 por 66 del barrio de Santiago, como muchas otras tiene varias historias, una es la más conocida y figura incluso en un letrero que está colocado junto al ladrillo de piedra con su imagen, empotrado en la pared, y que viene siendo la narración oficial, según el historiador Juan Peón y Ancona; otra, que es más bien una fábula, recopilada por el cronista de la Ciudad Jorge H. Álvarez Rendón, y una más, que puede ser la real, y que era la que contaban nuestros abuelos.

“Tucha” viene del maya xtuch y es un pequeño mono del género atele que habita en las selvas de la Península de Yucatán y que está en vías de extinción. Es parecido al mono araña (chango), pero un poco más pequeño y bastante feo. Su orina y excrementos tienen un olor muy desagradable y penetrante, por eso los antiguos mayas lo consideraban un ser maligno y le tenían temor. A causa de ello le dicen “tucha”, que viene de “tucho” (espanto, coco, demonio, etc.). Es común entre los yucatecos decir “Te asustó el tucho” o “se te apareció el tucho”…

Mencionándolas en orden cronológico por la época en que se dan estas narraciones, comenzaremos con el relato de Álvarez Rendón, que es más fantástico que real, y es más bien un cuento o fábula que enseña que la soberbia siempre es castigada, mientras que la humildad, premiada.

Esta antigua leyenda cuenta que en el ya lejano año de 1635, por el barrio de Santiago, vivía en una majestuosa mansión un potentado español, don Alfonso de Arévalo y Narváez, con su esposa Candelaria Fuensalida y sus seis hijos, cinco de ellos varones, y la menor y consentida Josefa Margarita Petronila Aurora Carlota de Arévalo y Fuensalida, de 12 años de edad.

La ya casi adolescente de kilométrico nombre –así se acostumbraba bautizar a las hijas en épocas de la Colonia– tenía un carácter insoportable, era egoísta y caprichosa. Y había razones para ello, pues la niña era muy bonita, ya que más parecía un ángel que un ser terrenal: tenía cabello de bellos rizos dorados, ojos de un verde esmeralda y tez muy blanca, aunado a que su padre don Alfonso le concedía todos sus deseos y caprichos.

Josefa Margarita Petronila Aurora Carlota tenía a su servicio -sólo para ella- a 15 sirvientas que se desvivían por atenderla. Pero la insolente chiquilla siempre maltrataba a su numerosa servidumbre, insultándola y sobajándola.

Un domingo, cuenta la leyenda, Josefa salió de misa y se fue a pasear con su séquito de criadas a la plazoleta de Santiago, donde se instalaba un pequeño tianguis o mercado en el que gente autóctona, mestizos y algunos criollos ponían sus puestos de venta de diversa mercancía, principalmente artesanías.

A la niña le llamó mucho la atención una muñeca de barro que vendía una anciana indígena y al acercarse a preguntar por el precio, la mujer, al ver la extraordinaria belleza de su pequeña cliente, le dijo que valía un real (moneda de entonces) pero se la obsequiaba porque nunca había visto a una niña tan bonita, al tiempo que la llenaba de elogios y alabanzas.

Entonces Josefa, con la soberbia e insolencia que la caracterizaban, le contestó con toda grosería a la vieja vendedora que no aceptaba regalos de nadie y menos de una india pobretona y sucia, pues ella era hija de don Alfonso de Arévalo, uno de los hombres más ricos y poderosos de la Provincia.

Así, con toda arrogancia, la doceañera se dio media vuelta y se fue sin llevarse la muñeca. Pero lo que no sabía la presumida Josefa era que esa india humilde a la que había despreciado era nada menos que la bruja maya Xla’baxorón, famosa en el poniente de la península por sus sortilegios y conjuros, y que tras hacer con un chilib en la tierra unos raros signos, le lanzó una maldición a la presumida niña.

Aquí viene lo fantástico de la historia, pues narra la leyenda que a la mañana siguiente, cuando una de sus tantas sirvientas fue a despertar a Josefa, se llevó el susto de su vida al ver en la hamaca de lino de la bella niña, a una espantosa tucha (un tipo de mono araña de la fauna yucateca), que apestaba horrible, pues su olor había minado toda la habitación.

La criada gritó aterrada y enseguida llegaron varios mayordomos que intentaron atrapar a la tucha, pero ésta no se dejó, y tras huir por la casa dando horribles chillidos, perseguida a chancletazos y palazos, así como por los tres perros de la casa, escapó derribando floreros, candelabros y cuanto adorno había a su paso, al tiempo que dejaba un rastro de excremento apestoso, para salir por una de las ventanas y desaparecer.

Alarmados, los padres de Josefa preguntaron por ésta y la criada que halló al pequeño chango les dijo que la niña no estaba en su cuarto. Entonces el señor De Arévalo dio aviso a las autoridades, por lo que el gobernador interino, don Fernando Centeno y Maldonado, envió a 80 alguaciles a buscar a la infante extraviada.

Pero pasaron varios días y no se daba con Josefa. Era difícil que la hallaran, ya que la bella niña, ahora convertida en una fea mona, andaba escondida en las azoteas del vecindario, comiendo semillas o cualquier inmundicia, nada qué ver con los manjares que le servían en la mesa de su mansión.

Así, avergonzada por su nueva figura y arrepentida de su soberbia y altanería, la chiquilla pidió a Dios que le devolviera su anterior cuerpo y el Señor al fin la perdonó y deshizo el conjuro de la bruja.

Tras dos semanas de su desaparición, Josefa, toda sucia y con su ropa convertida casi en harapos, bajó del techo donde había estado refugiada cuando era una mona y sus padres y sirvientes, incrédulos pero felices, la acogieron.

Ya después de un buen baño y restablecida, la arrepentida chiquilla pidió, ahora sí “por favor”, a unas de sus criadas que la llevaran de nuevo a aquel mercadillo del barrio de Santiago, donde se disculpó con Xla’baxorón, la hechicera que le había lanzado el embrujo, y se llevó la muñeca que había despreciado.

Desde entonces a la esquina de las calles 57 por 66 se le conoce como “La Tucha”.

 

La Esquina de la tucha

 

La narración “oficial”

Juan Peón y Ancona cuenta una historia muy distinta y la ubica en años más recientes, a finales del siglo XIX o principios del siguiente. Indica que esa esquina habitaba Caridad, una atractiva mujer cubana que era actriz y cantante de zarzuela, y que incluso había abierto en su residencia una “casa de té” que hacía llamar “La Coca”, donde daba clases de francés y de canto.

Pero la voluptuosa mulata era la atracción de los caballeros meridanos, que rondaban esa casa para ver a la encantadora caribeña, quien era muy simpática y sobre todo coqueta, pues no desperdiciaba oportunidad para “flirtear” con sus numerosos admiradores, parándose en el pórtico de su casa con el cabello suelto, que era frondoso y ensortijado, portando vestidos floreados, muy entallados y con provocativos escotes, que dejaban ver sus pronunciadas curvas, pues la fémina estaba muy bien dotada de atrás y de adelante. Así salía a veces a caminar por las calles del barrio y del centro de la ciudad con pasos cadenciosos e insinuantes que hacían que los varones se derritieran en deseos por esa hembra de piel canela.

Era común ver a chiquillos mandaderos tocar a las puertas de la casa de la cubana llevando un ramo de flores o tal vez un obsequio que le enviaba alguno de sus numerosos pretendientes, acompañado con una tarjetita con su nombre y un mensajito atrevido para la cautivadora mujer con el afán de ser dueño de sus favores carnales.

Eso no podía pasar desapercibido para las recatadas damas meridanas, que envidiosas empezaron a llamar despectivamente a la cubana como “La Tucha”.

Un caballero de nombre don Gonzalo Castro, que era casado con doña Isabel Rodríguez, estaba encandilado con la mulata de fuego, haciendo incluso peligrar su matrimonio con “Chabelita”, que era una mujer temperamental y de muy “pocas pulgas”. Así que un día, al enterarse de los amoríos de “Chalo” con “La Tucha”, fue a confrontarla, armó tal escándalo a la cubana cuando ésta se encontraba dando sus clases de canto, que tras ello, la pobre isleña perdió a todo su alumnado.

Sin dinero ni trabajo, desprestigiada, la mulata no tuvo más remedio que agarrar sus libros de francés y sus cuadernos de música, tomar un barco y regresarse a su isla. Y ya nunca más se supo de la bella Caridad, sin embargo, su paso por Yucatán quedó tan grabado en la mente de los meridanos de esa época que la esquina donde alguna vez vivió aún se le conoce como “La Tucha”.

La versión de los abuelos

La tercera historia sobre esta esquina santiaguera trata de principios del siglo pasado, y la contaban los abuelos, que narraban entonces que por ese rumbo vivía una muchachita tan fea tan fea que la apodaban los chiquillos del barrio “La Tucha”.

Su nombre era Eunice y padecía de varios defectos físicos, pues era tullida, algo jorobada y de ojos saltones. Cuando pasaba cerca de los niños, los más pequeños lloraban de miedo, los medianos corrían para alejarse de ella y los mayorcitos le hacían burlas.

La pobre “Tucha”, acomplejada por su aspecto físico, dejó de salir a la calle, se encerró en su casa y solamente asomaba por el ventanal de barrotes a ver pasar a la gente, que la seguía señalando como la fea del barrio.

Se dice que la infeliz “tuchita” murió de tristeza, y muchos de los vecinos, al enterarse de su fallecimiento, fueron a darle el último adiós al panteón, arrepentidos de haberla fastidiado y burlado tanto durante toda su desgraciada existencia…

 

Recuperado de: Julio Amer   http://sipse.com/milenio/narraciones-de-la-antigua-merida-las-3-historias-de-la-esquina-de-la-tucha-1397.html

La Duquesa Job – Manuel Gutiérrez Nájera (1894)

griseta

En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces al duque Job.

No es la condesa de Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja, que Prieto amó;
no es la criadita de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los gallos de Micoló.

Mi duquesita, la que me adora,
no tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto goce
y los placeres del five o’clock.

Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.

Si pisa alfombras, no es en su casa;
si por Plateros alegre pasa
y la saluda madam Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista,
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápida va.

No tiene alhajas mi duquesita,
pero es tan guapa, y es tan bonita,
y tiene un perro tan v’lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia,
que no la igualan en elegancia
ni las clientes de Hélene Kossut.

Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.

¡Cómo resuena su taconeo
en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
¡Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios —¡Mimí Pinsón!

Si alguien la alcanza, si la requiebra,
ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡Nadie se salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!

¡No hay en el mundo mujer más linda!
Pie de andaluza, boca de guinda,
sprint rociado de Veuve Clicquot,
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Theo.

Ágil, nerviosa, blanca, delgada,
media de seda bien restirada,
gola de encaje, corsé de crac,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitantes sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.

Sus ojos verdes bailan el tango;
nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.

¡Ah! Tú no has visto cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.
Tú no has oído que alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón.

Y los domingos, ¡con qué alegría!,
oye en su lecho bullir el día
¡y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!

La breve cofia de blanco encaje
cubre sus rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé.
Altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie,

Después, ligera, del lecho brinca,
¡oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen junto de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas del cotillón?

Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen beefsteak,
media botella de rico vino,
y en coche, juntos, vamos camino
del pintoresco Chapultepec.

Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.

Recuperado de: Poemas de Manuel Gutiérrez Nájera

Por las familias – Sergio Sarmiento (Jaque Mate. 09.09.2016)

Sergio Sarmiento

“Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas en su propia manera”.
Lev Tolstoi

Esta vez estoy completamente de acuerdo. Salgamos a las calles, reclamemos, defendamos a la familia. Protejámosla de aquellos que pretenden limitarla, restringirla, discriminarla, prohibirla. La familia es el cimiento de la sociedad. Debemos impedir que los intolerantes la destruyan.

En México, como en el mundo, la familia ha cambiado. Para algunos esto es doloroso, inaceptable, escandaloso. Todo cambio produce incertidumbre. La estructura familiar tradicional, con padre, madre e hijos, ha pasado a convivir con muchas otras. Esto es tan simple como la reincorporación de los abuelos al núcleo familiar. La medicina ha prolongado la vida humana, mientras que las crisis económicas nos han obligado a reducir gastos y compactar núcleos familiares. Por eso vemos a tantos viejos viviendo con hijos, nietos y a veces bisnietos. Pero ése no ha sido el único cambio. Un número creciente de familias ya no tienen en el centro a una pareja. Casi el 30 por ciento de las familias en México son encabezadas por una mujer. Unas cuantas se forman por un padre y sus hijos.

Cada vez es más común que el padre o la madre no sean los progenitores biológicos de los niños. El divorcio es la razón principal, pero también la adopción ha hecho que muchos menores vivan con padres que en vez de simplemente tenerlos los escogieron.
Las parejas también han cambiado. Muchas, la mayoría, siguen siendo las mismas de siempre: hombre y mujer, casados o en unión libre. Pero hoy tenemos otras, algunas formadas por dos hombres, otras por dos mujeres, que son seres humanos como cualquiera, que luchan y trabajan, que se esfuerzan por prosperar, que pagan impuestos y sueñan, que merecen derechos como cualquiera. Son parejas que buscan el refugio de una familia. Antes se escondían, perseguidas por una sociedad llena de prejuicios; hoy salen a la luz porque entienden que no están haciendo daño a nadie.
Cada pareja es un mundo. Algunas prefieren un amor sin formalidades burocráticas, una unión de libertad. Supongo que es mi caso. Otras quieren la seguridad de un compromiso legal. Para ellas está el matrimonio, un contrato que otorga derechos y obligaciones de largo plazo para quienes quieren asumirlos.

Algunas parejas se unen en matrimonio o unión libre, pero no quieren o no pueden tener hijos. Son familias de dos que, en otros tiempos, sin ser desconocidas, eran infrecuentes. Los miembros de estas parejas se hacen compañía, viajan, intercambian ideas, viven su relación con una intensidad que no conocen las parejas con niños. Pero nadie ha pensado nunca prohibirles el matrimonio porque no pueden o no quieren tener hijos.

Otras parejas, la mayoría, sí tienen hijos. La mayoría los engendra, otras los adoptan, lo cual ayuda a resolver la tragedia de tantos niños abandonados. ¿Es verdad que algunos niños adoptados son objeto de abuso en sus nuevas familias? Es cierto. La enorme mayoría son niñas acosadas o violadas por los padres no biológicos. ¿Debemos por lo tanto prohibir la adopción por parejas de hombre y mujer? Yo creo que no.

Sin el amor la familia es imposible, pero el amor se niega a sujetarse a los caprichos de una autoridad. Los Montesco y los Capuleto podían ordenar a Romeo y Julieta que no se amaran, pero no impedir que el amor los invadiera. Cuando alguien ama, lo hace a pesar de todas las restricciones externas. Por eso la familia no puede someterse a reglas arbitrarias. Si dos se quieren, y quieren contraer matrimonio, nadie tiene el derecho de prohibirlo.

Recuperado de: www.reforma.com

En el exilio – Simja Búnam de Pzhysha

Asgravis

El día de Año Nuevo, cuando hubo regresado del servicio, Rabí Búnam relató este cuento a sus jasidim, que estaban reunidos en su casa.

“El hijo de un rey se rebeló contra su padre y fue desterrado. Pasado un tiempo el rey se apiadó de su hijo y mandó por él. Tras una larga búsqueda fue hallado por uno de los mensajeros, muy lejos de su patria. Estaba en la posada de una aldea, vestido con una camisa harapienta y danzando descalzo en medio de los campesinos borrachos. El cortesano le saludó y le dijo: Tu padre me ha enviado a preguntarte qué es lo que deseas. Cualquier cosa que anheles, está dispuesto a concedértela. El príncipe comenzó a llorar. ¡Ay!, exclamó. ¡Si tan sólo pudiera tener algo de ropa abrigada y un par de fuertes zapatos!”

Así es, agregó Rabí Búnam, cómo nosotros nos lamentamos por las pequeñas necesidades de cada hora y olvidamos que la divina Presencia está en el exilio.

(Citado por M. Buber, Cuentos jasídicos)

Recuperado de: http://www.arsgravis.com/

Autorretrato – Rosario Castellanos

Rosario C astellanos

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas… hmmm… a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

 

Fuente: http://www.poemas.de/

Las Mujeres – Daniela Romo (Homenaje en el Día Internacional de la Mujer)

Mujeres

Las Mujeres

Mira tu cara de niño
Preguntando que es la mujer
Queriendo encontrar la respuesta
Atado a mi desnudez,
Somos dadoras de vida,
Soñadoras de profesión
Un solo detalle nos mueve
Misterio del señor.
Las mujeres, Indira, la Thatcher y Frida
Del pecado de Eva hasta María
En la historia y en tu hogar, las mujeres
Vendedoras de amor, heroínas
Ignoradas, violadas y hasta vendidas
Las guerreras del amor.
Tantos procesos distintos
Las hormonas no hacen ser sensibles,
Distintas a ustedes
Que buscan la razón, las mujeres
Las intelectuales, geniales,
Inspiramos canciones y hasta poesías
Pura sensibilidad, las mujeres
Sensuales llenas de placeres,
Fantasía, ternura y pasión por siempre
La costilla de Adán.
Es hermoso ser un milagro tierra fiel,
No sé explicar lo bello que es ser mujer,
Las mujeres, triunfadoras, estrellas y divas
Las anónimas fieras que dan la vida
Por seguir una ilusión.

Daniela Romo / Danilo Vaona / Federico Vaona